miércoles, 18 de febrero de 2009

Donde reina la violencia. Introduciendo a El-Puto-Amo

Tenía que andar ahora con mucho ojo El-Puto-Amo, después de que detuvieran a Rey Bobo y a Pequeña Kim por pintar sus tags en el autobús de la línea 13; era bastante seguro que, tras las hostias preceptivas, todos los monos del distrito centro estarían en estos momentos buscando su brillante cresta de pelo negro entre la heterogénea maraña de chicos de alrededor de doce o catorce años que pululaban por el barrio.
“¡Agosto es el mes del sexo anal!”, ponía en el escaparate de aquel sexsxhop feminista que había camino del parque: una bonita invitación para que su firma apareciera, verde fosforescente, indicando el comienzo de su periplo mañanero.
Aún no podía entender cómo les habían pillado de forma tan fácil: sabían desde hace meses que todos los buses llevaban cámaras y circuitos cerrados de vídeo, y que grababan hasta el vuelo de las moscas. Además, hacía años que la legislación de mundoRReal había dejado de considerar a los menores como sujetos jurídicos protegidos, y eran la carne de cañón favorita de una excesivamente numerosa plantilla policial. Por lo demás, que el abogado de oficio reclamara mecánicamente el “derecho a la libertad de expresión” o hiciera referencia a que los detenidos en realidad ejercían una actividad artística, ya ni siquiera era motivo de risa entre los asistentes a las vistas judiciales.
Algo más adelante, encontró el kiosko de Txoni-el-viejo aún abierto. Revolviendo entre sus cajas de cartón llenas de publicaciones amarillentas, donde se mezclaban anuarios deportivos, comics porno y manuales políticos clandestinos, El-Puto-Amo descubrió, entusiasmado, un viejo fanzine sobre DeLaVega, aquel escritor y grafitero mítico que todas las pandillas de mundoRReal, fueran de la facción que fuesen, adoraban, pese a ni siquiera haber llegado a conocer uno solo de sus comentados escritos con cinta adhesiva: todos eran demasiado jóvenes. Lo compró sin dudarlo, gastándose el poco dinero que llevaba encima.
Se tumbó sobre la hierba seca del parque, entre latas vacías de cerveza y bolsas de plástico, y se puso a leer el fanzine con avidez: “En tiempos de paz, vigila el peligro”. No tuvo tiempo de seguir leyendo mucho más, pues, cuando sintió que un coche se detenía frente a la entrada del parque, se dejó llevar intuitivamente por las palabras de DeLaVega, y escapó tan rápido como pudo sin siquiera mirar atrás una sola vez.
Así era la vida diaria en mundoRReal. Algo tensa y fatigosa, de no ser que se tuviera catorce años.
Así era El-Puto-Amo, rápido, desconfiado, arrogante e infantil; no en vano, uno de los más famosos artistas del barrio.

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