martes, 10 de marzo de 2009

Donde reina la violencia. Rey Bobo, “uno de los nuestros”

No hay mayor problema en salir del maco, al menos si el motivo para haber llegado allí es haber pintado unos tags, robado en tiendas o estar estriteando con el patín, actividades todas ellas entre las favoritas de Rey Bobo, y todas ellas ilegales en mundorreal: es tal la cantidad de jóvenes detenida a diario por los monos del Distrito Centro, que necesariamente una número similar debe salir a la calle todos los días.
Como no encuentra a El-Puto-Amo en Plaza Centro, y cree que todavía tardarán unas horas en soltar a Pequeña Kim, Rey Bobo decide buscar en su móvil el teléfono de ese galerista que le había dejado varios mensajes la semana pasada; dado que en mundoRReal casi todas las exposiciones están compuestas fundamentalmente por artistas adolescentes (o incluso menores: el mayor éxito de la temporada pasada fue la individual de un tal Bramx, de tan sólo doce años), para los que tienen cierta habilidad no resulta extraño recibir, cada dos por tres, llamadas de galeristas y curators. Pero ya casi nadie, salvo los muy novatos, se hace demasiadas ilusiones, pues lo máximo que éstos ofrecen a los jóvenes artistas es una copiosa y sofisticada merienda el día de inauguración, para ellos y todos sus amigos: de tal modo que, una vez integrados en el circuito de exposiciones, nadie necesita ser el protagonista de una muestra para garantizar su asistencia a una merienda, al menos, cada fin de semana.
Pero Rey Bobo, Pequeña Kim y El-Puto-Amo se divierten exponiendo, y dándole vueltas a cómo concebir nuevas instalaciones y performances, normalmente con el patín como protagonistas principal, y haciéndose conocidos: lo cual les hace desarrollar una particular arrogancia, alimentada a su vez por su ostensible desprecio a las meriendas oficiales, que está comenzando a tener seguidores entre otros jóvenes artistas de mundoRReal.
Nada parece preocupar menos, sin embargo, al establishment artístico, que en el fondo sabe que mientras dicha arrogancia prolifere, aunque sea a costa de ese desprecio por sus meriendas (que evidentemente simboliza el desprecio por su forma de vida, y todo lo que representa: no son tontos), tendrán asegurado un buen número de jóvenes artistas, formados todos ellos en el “Nuevo Programa de Futuro”, haciendo cola por exponer sus acrobacias o sus tags en esas galerías desde las que ellos, tranquilamente y con las manos libres, podrán vender al mundo entero dichos productos, ahora transformados, por obra y gracia de sus paredes, en lo que la crítica llama “Arte de la Vieja Escuela”.
Por eso, cuando el señor Messner descuelga el teléfono y escucha el burlón tono de voz de Rey Bobo, sonríe para sí, porque sabe que, a fin de cuentas, él es “uno de los nuestros”.

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